Te señalé el conejo... y no te pareció raro... Seguimos por la calzada, te señalé la gente y tampoco te pareció raro. Luego, tendidos sobre la explanada, te dije: qué raro... Pero no supe explicar por qué. Estábamos ahí, unidos por no sé qué hilos, por no sé qué circunstancias. El presente, los pasos, las visiones, el iso, el lenguaje...
Y qué extraños fuimos entonces en ese mundo de extraños.
Será que no me acostumbro todavía a existir...